Reflexiones sobre la razón y los sentimientos o el racionalismo y la tiranía del relativismo romántico en nuestros tiempos.

La razón y la pasión son facultades necesarias. El problema es cuando dejamos de considerar importante a cualquiera de las dos o peor, como ominosamente ocurre hoy: cuando se le da rienda suelta a los sentimientos y a la pasión ciega, total “yo hago lo que quiero”, sin poder ver los posibles efectos adversos, distanciados de la razón. Este lema (yo hago lo que quiero) no es más que una mentira que deforma el concepto de libertad, ya que pretende ignorar la importancia de la responsabilidad individual, tanto con uno mismo como con el otro. Se percibe una exaltación del romanticismo, aquel movimiento europeo rupturista con el orden iluminista, que originariamente se opuso a las ideas de esa Modernidad, al racionalismo y también al empirismo, en pos de romantizar al medioevo. En otras palabras, fue una visión de la vida o una filosofía reaccionaria (si bien hubo autores-estetas románticos que adhirieron al liberalismo ilustrado) de aquellos hombres que sintieron una nostalgia enfermiza por una Edad que, si bien estuvo bañada en bellezas artísticas y avances científicos, estos últimos quedaron muy detrás gracias al progreso que trajo el capitalismo y la muerte del feudalismo.

Es la razón la que genera monstruos? Francisco de Goya pintó múltiples cuadros con un posicionamiento político liberal evidente, en contra de la invasión napoleónica de España, de aquella bestia jacobina que decía defender principios liberales cuando se cansó de violarlos y traicionó vilmente los nobles principios morales de la Revolución francesa.

Si interpretamos la frase del aguafuerte: “El sueño de la razón produce monstruos”, a simple vista entendemos que se trata de un ataque contra el racionalismo, pero si leemos el mensaje siguiente, su significado, por medio de su debido significante, cambia radicalmente. En el Texto del manuscrito, de la estampa del Museo del Prado, se agrega: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”. Por el contrario, al haber leído la sentencia entera, el genio Goya elogia el brillante uso que hace el ser humano de la razón, lo que Aristóteles decía que nos distingue de los animales (una verdad absoluta). Pero en cambio, si el ser humano obra sin tener en cuenta a la razón, en cualquier contexto, se entrega a una irracionalidad voraz, a una impulsividad infantil sin mediatización, a una falta de autocontrol y a una expresión de estados emocionales que pueden ser la agresividad o la violencia, el robo, la violación, el asesinato o el suicidio (escalando de menor a mayor en gravedad de facto). Todas estas acciones-palabras son las antítesis más profundas de la racionalidad, esto no quiere decir que la expresión de lo emocional o sentimental no pueda ir acompañada de la razón (lo que idealmente es preferible a la hora de comunicarnos), pero su divorcio puede ser terrible.

Los filósofos de la llamada Postmodernidad (concepto muy discutido), cuestionaron a la razón por la asociación que, ejemplificando, construyó teóricamente a partir del binomio saber y poder, Michel Foucault.

Para poner en tela de juicio esta alianza matrimonial que el crítico francés edificó, pregunto: acaso fueron acaso René Descartes, la mente maestra del racionalismo moderno o los pensadores de la Ilustración como Immanuel Kant, Barón de Montesquieu, Denis Diderot, John Locke, David Hume o Pierre Bayle personalidades totalitarias por afirmar que los universales existen, que no todo es relativo como los cortos de mente sostienen en 2024?. Acaso no es totalitario afirmar que uno tiene la obligación de respetar la creencia del otro si se sabe que este dice mentiras, incoherencias o falsedades, inconsciente o conscientemente?. Las rápidas respuestas a estas preguntas son negativas, aún así estas no refutan exitosamente el pensamiento foucaultiano, cuyo relativismo sería discutible.

Lo que se le puede cuestionar a Foucault con mayor interés es: si debido a que el Saber puede dividirse en saberes, acaso el Poder tiránico no toma de rehén al saber, como un instrumento de dominación, sin su consentimiento? Acaso el Saber científico- democrático no tiene voz para rechazar ser cómplice de ese Poder? O simplemente el Saber es succionado por el Poder, con o sin conciencia, sin poder defenderse racionalmente?

Todas estas son preguntas jugosas que no tienen respuestas inmediatas, no obstante, habría que desarrollar posibles respuestas fundamentadas, hipotéticas claro.

Interrogando sobre las monstruosidades del hombre: se puede afirmar que los fines del nazifascismo fueron racionalistas? NO con mayúsculas. Es cierto que se requiere un saber racional para ejecutar fines que pueden ser monstruosos, pero culpar a la razón de las aberraciones que provocan ataques de misantropía es como culpar al dinero o al poder y sus instituciones de la corrupción, o a una enfermedad de un delito cometido por un psicópata, sin que este posea un diagnóstico de trastorno mental verificado.

Más bien es posible sostener que el sentimentalismo o la pasión exacerbada pueden generar monstruos, ya que los peores dictadores de la historia llevaron a cabo sus horrorosas empresas por medio del prejuicio, la brutalidad impulsiva, la ignorancia, la oda del perfeccionismo, “de la pureza de los sentimientos”. Estos últimos conceptos suenan? Por supuesto, son creencias irracionales del nazismo, atadas a la filosofía romántica del hombre que no puede dominar a la naturaleza pero sí puede someter al otro a los caprichos propios, por medio de la efectista manipulación- hipnotización de las masas pobres, en todo país subyugado a las locuras de un tirano (en las antípodas de las ideas liberales-ilustradas).

Es más, el ocultismo, la astrología y demás pseudociencias, fueron defendidas a rajatabla por Hitler, en la vereda violentamente enfrentada con la del cristianismo, triunfante en el medioevo, la religión en la que se apoyaron los cerebros magistrales de la Ilustración. Y los románticos? Con su obsecuente y sorda defensa del pensamiento mágico, desconocían (o conocían demasiado) los enormes riesgos de las pseudociencias (en este siglo XXI se volvieron a poner de moda, muy a pesar de quienes las cuestionamos).

“Serás mía o me suicido”, podía “poetizar” un romántico (de más está decir que se trata de una sentencia machista y psicopática). Ahora bien, trazando un paralelismo, quién más podía reproducir este tajante enunciado?Cualquier imperialista cuyas intenciones fueran irracionalmente ambiciosas, es decir, imposibles de cumplirse, pero que el líder creía factibles. Por ello, fue racional que los liberales y conservadores se unieran a los comunistas soviéticos, aunque estos eran fascistas de extrema izquierda, para derrotar al eje nipón-germano-italiano, cuyos anhelos expansionistas eran ilimitados, pero inevitablemente luego, debía combatirse a este fascismo soviético-chino, en la posterior guerra llamada fría.

“El mundo será mío o me mato”, dicho y hecho, sucedió con el más famoso de los líderes asesinos (aunque algunos digan que huyó a la Patagonia nuestra).

Entonces los románticos eran unos totalitarios? Wagner fue el modelo de inspiración para el régimen nacional socialista, pero sería falso afirmar que todos los románticos fueron anti democráticos o incluso que todos se opusieron a la cosmovisión liberal-ilustrada-iluminista. Sin embargo, aunque es parcialmente falso, puede vincularse en la teoría el ideal romántico del nacionalismo (“las raíces de lo local por encima de lo extranjero”) con el fascismo, que se nutrió de esta ideología antiliberal (nuevamente, por su desdén al iluminismo en pos de abrazar al sentimentalismo), para manipular y dominar a las mayorías.

El mito del buen salvaje, que apela a “las bondades del ser indígena” o la apología del orientalismo (en cualquiera de sus formas), como si las costumbres orientales fueran iguales o superiores a las de los europeos, es otro tópico engañoso de los románticos, que pretendieron equiparar (y aún hoy) de modo falazmente relativista y en general, desde la ideología socialista-progre, la ciencia positivista con la metodología de las tribus. Este mito fue divulgado (entre otros) por Jean J Rousseau, portador de la nefasta creencia disfrazada de verdad absoluta, de que “el hombre nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe”.

Por citar un caso, el del objeto de estudio por excelencia: la medicina. Quien puede pronunciar con soltura que la quimioterapia es igual de efectiva que las plantas de la selva amazónica para curar el cáncer? Nadie, porque es una burrada tan grande como decir que un filósofo que estudió y se recibió sabe tanto de la disciplina como cualquier otra persona, por el mero hecho de que “cualquiera puede filosofar” (lo cual en si mismo no es menos cierto, pero no por ello es válida la competencia con el poseedor epistémico).

Para finalizar, es moral que nuestros deseos se antepongan a nuestras necesidades por un capricho pasional- romántico? Depende el caso, ya que, como pensaba Jeremy Bentham, científico americano defensor del utilitarismo, debemos esquivar o prevenir el surgimiento del dolor y por oposición, hay que buscar lo que más felices nos haga, sin dañar a terceros ni a nosotros mismos, pero sin huirle a las obligaciones. Qué puede suceder si (en un caso extremo pero posible) decidimos comprar ropa nueva (existiendo dicha opción) en lugar de comprar comida para que sobre el resto de la semana? Corremos el riesgo terrible de morirnos de hambre. Otro caso de una pasión desmedida: “amo comer hamburguesas”, quien lleva una dieta únicamente de este tipo, muere tempranamente, sin discusión.

Resulta entonces nocivo anteponer el ello al superyo, si las obligaciones del deber sostienen nuestra vida. Y si nuestro trabajo nos hace infelices? En ese caso, habría que ver si es posible encontrar otro mejor o si no queda otra alternativa permanecer en el mismo y soportar los embates duros de ese trabajo.

Un ejemplo de una pregunta poco inteligente que escuché: qué sucede si yo priorizo ir a ver jugar a mi equipo favorito y comer arroz toda una semana o un mes? “No pueden juzgarme”. Pero es un sacrificio económico moral- racional? Para nada, ni moral ni racional, ya que nuevamente, pisoteamos con un deseo secundario una necesidad primaria y nos perjudicamos a nosotros mismos. Por más que no le hacemos daño a terceros, no vemos el autodaño o cuando lo vemos, ya es demasiado tarde, por más que tengamos el derecho a dañarnos.

No hay que confundir el derecho consciente a hacer lo que uno quiere con su vida, con negar los universales y las consecuencias que nuestros actos acarrean. Si estas son negativas y nosotros creímos que podían ser positivas, se debió a una ausencia de inteligencia racional, a la inversa, se trata de una presencia de raciocinio. No es lo mismo el respeto a la opinión subjetiva ajena, que la exigencia de respeto a una postura definitivamente equivocada (el párrafo de la salud lo ilustra de modo diáfano).

Muy desgraciadamente, se ensalza al romanticismo (además de que se normaliza el endiosamiento de Marx en las escuelas y universidades, despreciando o no considerando a pensadores opositores a él) y se demoniza al racionalismo en materias universitarias como Filosofía, ya que a algunos les resulta mucho mejor el confort de que “cada uno piense y sienta como quiere sin ser juzgado”, en lugar de esforzarse con incomodidad a reflexionar sobre la problemática de los sentimientos y emociones divorciados del uso de la razón (o a la inversa, el abuso de raciocinio olvidándose del poder de las emociones y sentimientos).

No toda opinión o postura es respetable en la vida, están las que lo son y las que no, es tarea de la filosofía distinguir esa línea divisoria entre lo aceptable y lo rechazable, con sus matices éticos correspondientes.

Personalmente, no siento un desprecio hacia todas las cualidades ideológicas del romanticismo, más allá de sus defectos políticos- culturales ya expuestos, sus representantes edificaron un culto a la subjetividad individualista del artista y realzaron el poder de la fantasía como un componente fundamental para la creación de grandes obras maestras, sin descuidar que se rescató al humanismo como filosofía (proveniente de poetas italianos como Petrarca y Bocaccio), pero como todo movimiento imperfecto, es preferible prestar atención a sus problemas, para criticarlos y superarlos, siempre con la requerida prudencia intelectual, sin minimizar sus virtudes, pero advirtiendo de los peligros.

Un cuento del Bronx

Drama criminal de 1993 dirigido por Robert De Niro, coproducido por De Niro, Jon Kilik y Jane Rosenthal. Escrito por Chazz Palmintieri (adaptación de su propia obra teatral), fotografía de Reynaldo Villalobos, música de Butch Barbella, montaje de David Ray.

Actores: De Niro, Palmintieri, Lillo Brancato, Francis Capra, Taral Hicks, Kathrine Narducci y Joe Pesci.

Durante la tensión racial de los sesenta, el hijo (Lillo Brancato) de un conductor (Robert De Niro) de autobús respeta a un jefe (Chazz Palminteri) mafioso.

A bronx tale es junto a “El buen pastor”, una de las dos películas que dirigió hasta la fecha el sobresaliente Bobby De Niro. Esta película es la cabal prueba de que la inexperiencia no es necesariamente sinónimo de calidad deficiente: el guion de Chazz Palmintieri se combina de forma prácticamente profunda con la dirección. La historia está lejos de ser una ficción, aunque lo sea, por la sencilla razón de que en los años 60 aún había en los barrios bajos neoyorquinos un enorme dominio de la mafia italoamericana. Pero como el racismo estaba a flor de piel (Luther King ya estaba desafiando al gobierno estadounidense), mientras los veteranos del delito se encargaban de mantener al Bronx bajo su yugo temible, los negros de esta zona no comulgaban con el pacifismo, sino que respondieron con violencia a la discriminación de las pandillas de jóvenes blancos, que observaban atentamente a sus mayores gángsters con admiración, esperando convertirse en ellos, para no tener que terminar “como los giles laburantes”.

El padre bueno y el padre malo, dos conceptos tratados en la psicología que en el presente caso son objeto de auto reflexión para el personaje del niño devenido en adolescente: el colectivero Lorenzo Anello (De Niro), su padre, es un trabajador honesto, que no escatima en dar lecciones morales a su hijo. Por oposición, Sonny (Palmintieri, impecable actor además de brillante guionista), es el capomafia a quien todos temen. La diferencia radical entre los estatutos de ambos no es solamente la jerarquía, sino también la forma de ver la vida: el primero prefiere ser querido en lugar de temido, el segundo lo contrario. Filosóficamente, es una eterna discusión entre la bondad cristiana y el maquiavelismo de cuestionable moral, capaz de alcanzar sus objetivos sin importar cuan dañinos sean sus medios: el famoso aforismo “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”, el alimento de la hipocresía. Lo interesante es que esta misma doble vara, que el personaje de Sonny maneja, no se traduce en el anhelo egoísta de que el apadrinado C llegue a ser una extensión personal de él mismo. Más bien, con notable riqueza psicológica y con un propósito no realista, se concientiza sobre la relevancia de la educación escolar y el problema del talento desperdiciado, a la par que se reivindica la polémica “educación de la calle”, un concepto atractivo de analizar, que se enseña acá de acuerdo al punto de vista del antagonista, que no es muy villano como aparenta.

Formalmente, la pieza se recuesta en un montaje cómico, que también se traduce en el relato del narrador, quien describe graciosamente a cada mafioso peculiar (con la típica abundancia de obesos). Las escenas pasan rápidamente por medio de barridos, los jóvenes que batean lo hacen uno tras otro con cortes a la velocidad de la luz y al ritmo de una música que se coordina con las imágenes, sucede lo mismo cuando los amigos juegan (uno se sube detrás del otro) y cuando Sonny apuesta a los dados con C (el apodo de Calogero). La lentitud está reservada a los planos generales, mientras que las cámaras subjetivas tienen dos funciones: por un lado, cartografiar el espacio por medio de los autos (varios de ellos verdaderos autazos) y por el otro, los personajes que van a pie (padre e hijo más que todos), apuran el paso, sometidos por la impulsividad del enojo.

La mímesis para Calogero es problemática: aunque ama a su padre, parece identificarse más con Sonny. Como en un cuadrilátero, se enfrentan el padre que le da todos los gustos y el que le pone los límites en la vereda opuesta. Sin dudas, la parábola del film es que el llamado “camino fácil” puede ser una opción tentadora para quienes ven rodeados de lujos materiales a los hombres pesados, pero este espejismo se desvanece cuando la justicia llega por obra de la ley, el quiebre del estilo de “el fin justifica los medios” (aunque no está probado que esta frase la haya dicho Maquiavelo) o la visión maliciosa de que el sueño americano se alcanza por la vía de la corrupción. Lo que marca la diferencia respecto de otras obras del género de gángsters, es que no hay una simplificación maniquea, sino un desarrollo narrativo que carece de superficialidad.

Otro sería el mundo si se dejaran de romantizar los méritos de los peces gordos con el culo sucio, que no les importa nada más que acumular poder e influencia, mientras los “boludos” que se levantan a las 6 de la mañana tienen que esforzarse para llevar el pan a la familia. Esta cuestión la podemos notar en cierta “música” urbana que apologiza a los narcos, cancherea con el uso de armas y presume constantemente de haber superado orígenes humildes exaltando los vicios como la droga y el alcohol.

Esto se ve incluso en series de plataformas como una sobre Pablo Escobar, en la que resaltan más las obras de caridad que las matanzas o los sobornos, para tapar las maldades y hacer pasar por bueno a quien hizo mucho daño.

Un día de furia o una de las caras más nocivas de la sociedad estadounidense

Drama de suspenso y criminal de 1993, de co producción franco- inglesa pero  Harris, Arnold Kopelson y Herschel Weingrod. Escrito por Ebbe Roe Smith, musicalizado por James Newton Howard, fotografiado por Andrzej Bartkowiak, editado por Paul Hirsch.

Actores: Michael Douglas, Robert Duvall, Bárbara Hershey, Rachel Ticotin, Frédéric Forrest y Tuesday Weld.

Sinopsis: En Los Ángeles, durante una jornada especialmente agobiante a causa del calor y del colapso del tráfico, un ciudadano normal se rebela de manera violenta y destructiva contra todo lo que lo rodea.

La sinopsis que acabo de insertar (no es de mi autoría) contiene un problema: el protagonista no es alguien “normal”. Este calificativo implica una discusión enorme, en mi opinión inútil, plagado de subjetividad en sentido amplio. Es posible una simplificación estricta si nos centramos en “aquellos que siguen las normas sociales a rajatabla, en oposición a quienes las desprecian” (así como el acompañamiento de los contratos explícitos e implícitos para la buena convivencia), esta significación está despojada de subjetividades, es objetiva.

Entonces, a contracorriente de la normalidad en sentido sociológico, su comportamiento desmedidamente violento es en definitiva la violencia natural- inherente a la humanidad, alterada hasta el extremismo por algún trastorno mental como la sociopatía o en su defecto mayor por la psicopatía, el tipo de personalidad venenoso por antonomasia.

Sin embargo no puede clasificarse al personaje como un simple enfermo o un hijo de puta (en la película no se le detecta trastorno alguno, pero su ex mujer lo define así) sin el agregado de complejidad  ideológica- cultural más dañino: el fascismo, no importa si es de izquierda o de derecha, puede ser de uno u otro espectro, pero en esta pieza de Schumacher (Batman Forever) hay grises en lugar de una dicotomía simplista. La ambiguedad que la enriquece se encuentra en que no es un psicótico- loquito en un plano de realidad paralela propia, sino un impulsivo que no está divorciado de una bronca racional, dividido entre acciones desdeñables moralmente y otras directamente justificables, a la manera de los personajes de Relatos salvajes de Szifrón, cuyo subtexto es una diatriba contra las injusticias creadas por el Estado kirchnerista. Es precisamente en esta frontera difusa entre razón e impulsividad antisocial donde se manifiesta la trampa de la empatía, apegada, claro está, al instinto de conservación innato y su mecanismo defensivo ante agresiones. Estos repetidos actos de ponerse en sus pies son provocados por el guionista Ebbe Smith, con el fin de evitar caer en una trama banal de un ignoto malnacido que atenta contra el orden legal despojado de una ética sostenida.

Por qué digo trampa de la empatía? Porque los momentos en los que el desempleado se convierte en héroe, como cuando le dispara al latino pandillero para vengarse por el apriete que sufrió por este (no es defensa propia) o cuando se defiende del comerciante de ropa nazi, liquidándolo (empero marcando con él diferencias ideológicas), se disuelven en la figura de un ex esposo de carácter despreciable, que incluso en las imágenes de VHS se exhibe como un patán con ella y su hija. Entonces el cineasta y el escritor ya estarían listos para decirnos en la cara: “fueron cómplices de un padre de familia tóxico”o desde una óptica socialista: “fueron cómplices de un comunista” (no todo dardo contra el sistema viene desde el socialismo), pero sería torpe no saber separar la paja del trigo, la inocencia de la culpabilidad.

D-fens es todo menos alguien estable: cualquier cosa lo puede irritar. Pero las causas de sus actitudes, de acuerdo al guion, aunque superficiales, se encuentran en su reciente despido de una empresa estatal del Ministerio de Defensa americano (dice haber “combatido al comunismo”) y en la orden de restricción pedida por Elizabeth (Bárbara Hershey) contra él, lo que no significa que no se oculten causas de fondo.

Douglas demuestra una enorme capacidad para enfatizar tanto las pausas antes de actuar como el desenfreno brutal de sus actos. Duvall por su parte, cumple con creces el papel de policía jubilado (un tópico en la Historia del cine) al que se le prende la lamparita de la lógica profesional, evolucionando desde las actitudes pasivas-sumisas frente a su esposa a unas de sensato dominio sobre ella (no voy a aclarar el por qué, sería spoilear demasiado). No hay un típico juego de gato-ratón entre el Duvall-felino del sistema y el roedor enemigo de él, como sí sucede en la genial película Heat de Michael Mann (film muy superior a este)

Umberto Eco marcó las diferencias en “Los límites de la interpretación” entre la intención del autor, la del texto y la del espectador-lector. No hay una importancia mayor de una u otra, cada uno puede darle privilegio a cualquiera de las tres, lo que prevalece es la interpretación fundamentada en la película. Si Schumacher quiso victimizar a su híbrido entre anti héroe y villano para culpar al capitalismo bajo el dudoso argumento de la alienación laboral, lo logró a medias (eso sí, muestra la pobreza y la mezquindad bancaria como obstáculos no derrotados). Si por el contrario su voluntad fue que veamos crudamente la existencia del costado brutal de la sociedad estadounidense (plagada de estos D-fens), atacando tanto a la institución educativa como a los valores del hogar por el desarrollo de la sociopatía, lo consiguió con un exitoso moderado: está a largas millas de ser una obra maestra.

Si hay una crítica tragicómica tan válida como la del negro contra el banco, es la hecha contra el puesto de fastfood (un McDonald’s con otro nombre), claro que sin que el fin justifique los medios: el escándalo se suscita por el tamaño de la hamburguesa. No hace falta ser muy inteligente para percatarse de que la imagen editada de la cajita feliz es una deformación de lo que es en realidad: un vergonzoso bocadillo que no puede llenar la panza de casi nadie (salvo los que tienen estómago minúsculo).

Como es imposible saber a ciencia cierta lo que quiso comunicar el autor, me quedo con la segunda conjetura que hice (intención del espectador). Si bien no es irracional la primera hipótesis, esta puede desembocar en una peligrosa justificación del salvajismo, como la que sostienen hoy los vándalos de obras de arte disfrazados de “activistas woke”, que destruyen la excelencia bajo la estupidez de que los pintores quisieron arruinar al planeta, una especie de ecologismo infame (tratada en Bellas Artes de los geniales Cohn y Duprat) o los movimientos sociales que buscan cortar a diario las calles para “dar vuelta al sistema”, jodiéndole la vida a los trabajadores honestos.

La secuencia inicial del auto atrapado en un tráfico horroroso y los planos detalle que van cocinando a fuego lento la reacción de D-Fens a la sofocación son geniales, no es una película olvidable ni mediocre.

SHREK 2: EL REINO DEL REVÉS, UN CLÁSICO ANTI-MEDIEVALISTA.

SHREK 2- EL REINO DEL REVÉS 

La historia del ogro parlante, una parodia mezclada con sátira de los cuentos de hadas eternos es el equivalente al libro que creó Miguel de Cervantes: Don Quijote de La Mancha. ¿En qué se parecen? Tanto la novela del manco de Lepanto como la película de DreamWorks, adaptación del libro-álbum ilustrado, obra de William Steig, rompieron con la solemnidad rígida, profundamente tradicionalista y conservadora del espíritu medieval-feudal, en pos de abrazar las ideas con el vigor cómico de Bocaccio y su Decamerón, conceptos humanistas y renacenistas que dieron paso a la Modernidad: ahora las tramas de caballería (en el caso de Cervantes) y la de los fairy tales en el de Shrek, son ridiculizadas para invertir la ecuación: no es el príncipe azul el que siempre tiene el poder seductor, sino la bestia que antes era el enemigo. 

La princesa Fiona quiere la aprobación y el amor de sus padres reyes, pero es consciente de la culpabilidad de ellos por el trauma que le ocasionaron al encerrarla en una torre, hasta ser conquistada por el caballero perfecto. Llamativamente no se siente cómoda con su identidad humana y al final de esta secuela (exitosa en la taquilla y críticas, tanto o más que la primera) explicita que prefiere ser ogra. 

La moraleja de la película (ahora sí en sintonía con las fábulas tradicionales) es simple: aceptarse como uno es, a pesar de que reconozcamos para nos que no somos Di Caprio ni Sydney Sweeney. También Shrek 2 critica con humor ácido a los matrimonios arreglados, (de la peores bajezas de la realeza) y nos comunica que la magia, epifanía de las fantasías humanas imposibles, puede actuar como objeto de placer temporario, como para quien consume drogas duras con el fin de evadirse de su penosa realidad, pero termina siendo un tóxico autoengaño: esto implica un acto de fingir que uno es otro, pero por fuera de la ficción (donde cobra un sentido maravilloso, ya que eso es la actuación en el arte), es entonces cuando la identidad se convierte en un drama espantoso. 

Excelente comedia llena de referencias al cine de culto, un híbrido de entretenimiento infantil y humor adulto, portadora de una animación 3D innovadora para su tiempo y seguidora de la esencia de Pixar, fundamentalmente rupturista (lástima el caniche que aplastó Shrek, no era culpable de nada).

Oda a los vulgarismos

“Hay que hablar con propiedad y respeto”. “No seas guarango porque es de bruto”. “El escritor culto e inteligente debe redactar sin coloquialismos porque sino es vulgar”.

Estas frases, que una porción no menor de la sociedad reproduce como si se tratara de máximas o verdades objetivas-universales, no son más que expresiones represivas, elitistas, soberbias y falsamente sabias o falsamente Ilustradas (la I mayúscula en referencia a las ideas liberales de la Modernidad), que alimentan a una cultura promotora de las censuras a los artistas (ejemplo más propicio es el de los humoristas, víctimas de la cancelación por sus estilos explícitos-groseros) y también a la autocensura, manifestada en algunos “creadores de contenido” (como se dice ahora), incapaces de exhibir orgullo en entrevistas y avergonzados de chistes o bromas que hicieron en el pasado para, en su lugar, “aggionarse a los tiempos que corren”.

Resulta extático escuchar a tipos como Ricky Gervais o al ya fallecido Fernando Peña (uruguayo pero argentino), hacer maratones de series como Padre de familia y South Park (ambas las tengo pendientes de ver en temporadas enteras, aunque es un desafío difícil por su enorme cantidad de episodios, respectivamente) o tragarse los videos en YouTube de Peligro sin codificar, los primeros sketches de Videomatch (antes de la putrefacción provocada por el mismo Tinelli en su show frívolo), Cha Cha Cha y su surrealismo 50% elegante y 50% ordinario-procaz, entre otros. Me refiero a programas de tv históricos, cuyo nivel de bagaje cultural es, sumando a todos, enorme, sin ninguna obligación de ser sofisticados.

En tiempos en los que la corrección política logró instalarse en los medios de comunicación, tanto tradicionales como modernos, aunque pugnando frente a frente con la incorrección por el dominio de la opinión pública, creo fundamental hacer un elogio de los vulgarismos, de las malas palabras y los insultos merecidos e ingeniosamente usados en contextos múltiples, esos que Roberto Fontanarrosa defendió a capa y espada, por un lado como sana indignación ante las retóricas fascistas (peor ejemplo de estas es la ya longeva y famosa “moral y buenas costumbres”) y por otro lado debido al obrar ingenioso, en ocasiones racional y en otras irracional (el caso del arte absurdo).

La crítica, sea cinematográfica, literaria o culinaria, es definida por algunos docentes y “personalidades destacadas de la cultura” no como disciplina de libre vuelo sino como un patrimonio del estilo formalista, digamos correctito, pedante y anti popular, que rechaza injustamente el empleo de conceptos y frases metidas en el imaginario social hace añares, porque si te servis de ese lenguaje sos un maleducado, un inculto o un simple idiota. Es exactamente al revés: negar la jerga sencilla no solamente es pecar de pretencioso (esta sí es una genuina mala palabra repudiable) es además ser un ignorante de la tradición musical- oral de la Argentina, de la riqueza lingüística que nos ofrendaron los pobres devenidos en trabajadores, los que vinieron en los célebres barcos para hacer la América, es decir los extranjeros argentinizados que crearon el lunfardo, luego deformado por las cárceles (aunque es motivo de debate desde qué época surgió ese mal gusto, supongo por los años 90 y la tumberización de la población, con aumento de la marginalidad), pero tampoco hoy se extendió ese contagio carcelario, nadie le dice “vaca rallada” a la leche o “nieve” al azúcar excepto las lacras de los presos.

La gran literatura no fue un invento exclusivo de las clases altas a las que pertenecieron los Borges, los Bioy Casares o las Ocampo (todos estos seres hermosos, aclaro), existieron en paralelo los César Bruto, los Roberto Arlt, los Osvaldo Soriano y un montón de autores humildes que se me escapan, pero por ser una lista interminable.

Resulta aceptable que famosos con autoridad institucional manejen los vulgarismos políticamente incorrectos? Claro que en casos de protocolo esto es imposible o casi (funcionarios políticos, exceptuando algunos mandatarios) pero en las universidades (sean privadas o públicas, lo puedo afirmar por experiencia) muchos profesores no temen dar las clases como si fueran pares de los alumnos, por más que no lo sean. Médicos, policías, escritores, periodistas y hasta empresarios son capaces de hacerlo, ante las cámaras y micrófonos o sin ellos, en una exhibición de flexibilidad o soltura que nada tiene de problemático, a menos que haya un abuso de confianza con los interlocutores u oyentes, esto es porque NO hace falta ser pares de los otros para su aplicación.

Quienes escribimos somos mentalmente pobres o faltos de recursos por no abundar en terminología cultista y apoyarnos en cambio en las frases del común de la gente? Mi respuesta inmediata (aunque no totalizante, ya que no todo lo que brilla es oro) es no. En primer lugar, resulta muy forzado buscar permanentemente y no cada tanto en el diccionario/Google ideas o calificativos. En segundo, los vulgarismos regalan, sencillamente, libertad expresiva y en tercero, no vamos a ser más serios ni superiores por decir “flatulencias” en lugar de “pedos”, “macanas” y no “cagadas”, “despreciable” en lugar de “sorete” y así infinitamente.

Hay que cuestionar esa necesidad excesivamente impostada de fingir tener otra identidad a la hora de escribir o de comunicarse en persona con gente importante, precisamente porque atenta contra la naturalidad que todos nosotros tenemos y el buen humor.

Bellas Artes (Malas Artes): la nueva serie de Mariano Cohn y los hnos Gastón y Andrés Duprat

Creada para las plataformas Movistar+ y Star+, producida por Gloriamundi e Historias Particulares y distribuida por Disney Platform.

Protagonizada por Oscar Martínez, Aixa Villagrán, Koldo Olabarri, Ana Wagener, Dani Rovira, Ángela Molina, Adelfa Calvo, Ludwika Paleta y Jorge López.

En tiempos en los que artistas ya consagrados hace décadas y con los bolsillos llenos exigen que el ambiente cultural dependa imperiosamente de los fondos del Estado nacional bajo cifras gigantes, en lugar de apelar a una austeridad subsidiaria comedida, esta dupla de muy talentosos autores (en este caso 3, se suma Andrés Duprat) realiza producciones con capitales de productoras que, conscientes de donde depositan sus inversiones, no malgastan una moneda en escritores y directores que alcanzaron el éxito en múltiples ocasiones, Mariano Cohn y Gastón Duprat: El artista, El hombre de al lado, 4×4, El ciudadano ilustre, Mi obra maestra, Competencia oficial y las series Nada, El encargado y la muy reciente Coppola: el representante (junto con Emanuel Diez), la mayoría de enorme calidad.

Antonio Dumas (Martinez) es un hombre de amplia trayectoria en el campo cultural como historiador y gestor. Se presenta en un concurso para dirigir el Museo iberoamericano de Arte Moderno en España (la serie se filma en locaciones que simulan ese museo, arquitectónicamente muy similar al MALBA) y vence sorpresivamente a dos competidoras que calzan a la perfección con la nefasta corrección política, que hoy en día quiere jerarquizar a personas por “pertenecer a minorías oprimidas”: mujeres, negros y homosexuales. El primer dardo contra ese discurso ( verbalizado por cierto feminismo) ya se configura de entrada: la respuesta irónicamente ingeniosa de Dumas contraataca con la misma moneda a ese victimismo racial-sexual.

Durante los cortos episodios la nueva autoridad se oscurece rápidamente por culpa de la soberbia y el cinismo pragmático, aunque está claro que no somos todos iguales intelectualmente (el término intelectual personalmente me causa rechazo) y no hay nada más estúpido que la igualdad forzada e injusta, si no hay sentimientos encontrados o distanciamiento crítico para con el mismo hombre, se pierde la profundidad del personaje y eso lo saben muy bien los creadores, más allá de las simpatías.

El esnobismo elitista y los autodenominados “artistas”, que no son más que pretenciosos pseudo- vanguardistas con voluntad de copiar con descaro a los que formaron parte del innovador y experimental Instituto Di Tella, son el segundo objeto de esta dura sátira social. Durante los ya muy lejanos años 60, este lugar fue cuna de artistas plásticos con obras debatibles en gustos pero con espacios merecidos por su rupturismo (no hace falta explicárselo a quienes vivieron la época, aunque vale la distinción).

Los problemas con los que se topa el protagonista, con quien empatizo y me identifico con sus reacciones frente a su ambiente, son enormes: desde aprietes sindicales, pasando por obstáculos burocráticos y expositores progres- pedantes, hasta finalmente alcanzar choques con la misma Ministra de Cultura, representante del súmmum esnobista camaleónico. Esta última referencia es una acusación de los guionistas a infinidad de políticos acomodaticios, quienes con tal de conservar su poder son capaces de contentar incluso a vándalos de estatuas, propagadores del odio contra ilustres personalidades del pasado que, a pesar de sus defectos personales, no pueden ser juzgados con la mirada del hoy.

El siguiente dardo es dirigido contra los llamados ecologistas, quienes toman de rehén a la causa noble del combate contra los problemas climáticos para infectar a la sociedad con su radicalidad ideológica anticapitalista, en la misma línea que los previamente mencionados “defensores de minorías indefensas”. Claro que si uno cuestiona a estos sectores se arriesga a ser denunciado por fascismo, cuando son estos los que se adhieren consciente o inconscientemente a él, sabemos que este puede hallarse en cualquier espectro.

La mejor forma de burlarse de los burgueses hipócritas y partidarios-charlatanes de la postmodernidad relativista, quienes quieren hacernos creer que una banana encintada vale tanto como un Goya o un Da Vinci, es por medio de una graciosa y tierna escena en la que, el nieto de Dumas, desatendido por su abuelo debido a una mezcla de ocupación permanente y desdén emocional, dibuja un perro en una montaña de carbón parecida al excremento y escribe “esto es una caca”, dándole genuino significado cómico a ese rejunte validado como arte por críticos igual de estafadores que el mismo que depositó eso y por la institución.

Surgen entonces las preguntas: ¿ Todo lo que podemos ver en un museo o galería es arte por el mero hecho de estar allí? El arte es siempre subjetivo o existe un mal gusto objetivo?. Es siempre atractivo abordar esto, pero de acuerdo a los autores de la serie y nuestras actitudes ante las instalaciones y cuadros, se afirma y se niega, según el caso, lo que es y lo que no, pero no puede dejar de afirmarse que el pútrido olor a chatarra disfrazada de sofisticación, en los mencionados casos se nota demasiado.

Otro de los conceptos que se une a ciertos colectivos como blanco de ataque del humor ácido es el nepotismo autoritario, cuyo poder radica claro está, en contactos potentes como el que tiene el despreciable personaje de José Sacristán (casi a la altura impecable de Martinez en actuación, sin embargo cae en la exageración): ni más ni menos que la ya descrita Ministra de Cultura, que ampara naturalezas muertas medio pelo de este señor y se la agarra con Dumas porque este quiere darle de baja la exposición para poner a alguien que genuinamente valga apreciar (la venganza de Dumas será terrible).

Como cereza de la torta, en el episodio 5 (me morí de risa) se cuestiona a extranjeros oportunistas del victimismo que, tras ser discriminados racialmente por Inmigración, aprovechan esto para extorsionar a Dumas y, nuevamente como en los otros casos, aunque más abiertamente, se hacen pasar por aquello que no son, no sin el aval descuidado del propio director a cargo. Este es el mejor de todos los episodios.

El final, con una silenciosa aunque poco destacada Ángela Molina, es abierto y le da aire a una futura segunda temporada. Este personaje sirve de enlace para la subtrama que Dumas tiene con su ex mujer, ahora habitante de Perú.

Es increíble cómo se superan cada vez más los Duprat y Cohn, que no son jóvenes promesas sino tipos con espalda que los respalda. Andrés Duprat es director del Museo Nacional de Bellas Artes y conoce el medio como pocos, su guion cocreado es prueba de ello y los otros dos ya son estrellas consagradas.

La última tentación de Cristo: la humanización de la divinidad y la fantasía de la carne

(Spoilers)

Drama americano-canadiense de 1988 distribuido por Universal y Cineplex Odeon Films (quien también lo produjo). Dirigido por Martin Scorsese, escrito por Paul Schrader, producido por Bárbara De Fina, musicalizado por Peter Gabriel, fotografiado e iluminado por Michael Ballhaus y montado por Thelma Schoonmaker.

Actores: Willem Dafoe, Harvey Keitel, Bárbara Hershey, Harry Dean Stanton, la participación especial de David Bowie como el prefecto Poncio Pilato, Andre Gregory, Víctor Argo, Tomás Arana, Irvin Kershner, Verna Bloom, Peter Berling, Peggy Gormley, Gary Basaraba, John Lurie, entre otros.

Adaptación homónima de la novela de Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo está muy lejos de ser la típica película exhibida durante la Semana Santa (y en especial los domingos de Pascua) sobre la figura de Jesús de Nazaret. Causó controversia desde el vamos: grupos reaccionarios y devotos boicotearon esta pieza, consiguiendo que muchos productores que pensaban invertir en el proyecto se arrepintieran. No obstante, a pesar de cambios de guion y reducciones del presupuesto, las intenciones censoras de los infames chupacirios de siempre se vieron truncadas: el escándalo fue superado y el film se estrenó, logrando una muy positiva recaudación y muy buenas críticas.

La aclaración de Scorsese parte como advertencia en el inicio, de que no se trata de una puesta en escena de los libros evangélicos, sino de una exploración novelada de lo que pudo pasarle por la cabeza a Cristo antes y durante su Pasión- crucifixión. Aunque gran parte de la historia está directamente relacionada con lo relatado en los Testamentos, la sucesión de eventos se tocan con invenciones del libro de Kazantzakis y lo que Schrader extrajo: estas consisten en la manifestación de sentimientos angustiosos, culposos y temerosos de Jesús, bajo un proceso de humanización muy distanciado del tradicionalismo sobrehumano y mesiánico del catolicismo.

Judas, encarnado por un siempre sobresaliente Harvey Keitel, le contagia su voluntarismo de luchar contra la opresión romana (en ese momento, de acuerdo a lo escrito en la Biblia, Roma estaba gobernada por Tiberio) al nuevo líder Jesús (despreciado por los judíos de su zona, no todos, por hacerle cruces letales a los romanos). Así se provoca una paradoja: el ideal de pacifismo y el contagio amoroso al mundo choca con el ardiente deseo de oponer resistencia bélica a los laureles imperiales, como hubiese querido Nietzsche en su Anticristo.

El impacto que escandaliza sobradamente (no solamente a los cristianos), es el principal desvío de lo supuestamente ocurrido durante su martirio: gracias a una intervención mágica de un ángel, el ex carpintero muta de ser el mesías a un apasionado esposo y un dedicado padre de familia, entonces ya no tiene que cargar con el infinito y extremadamente doloroso peso de ser el Hijo de Dios Elegido y puede vivir una existencia armoniosa con su Creador, mediante la labor física.

La deliciosa banda sonora a cargo del genio vocalista y flautista de Génesis, Mr Peter Gabriel es hipnótica. La fotografía diáfana de naranjas y azules es suavemente excelsa, el guion es jugosamente imaginativo y el montaje de cámaras lentas y fundidos encadenados yuxtapuestos aportan un dramatismo que le calza con justicia a un contenido que previamente fue (casi) agotado por el cine americano.

Los diálogos filosóficos son enormemente hondos y las actuaciones (sobre todo la del monstruo Defoe) son inmaculadas. Los intercambios de Judas con Cristo, Cristo- Pilato y Cristo- Saúl (futuro San Pablo de Tarso, fundador de la Iglesia) son los más apreciables (Bowie muestra una seriedad en el habla y la cara sobria), Harry Dean Stanton impecable.

Es irresistible para la ficción y para los espectadores abiertos de mente que se materialice “lo que podría haber ocurrido en lugar de”. Obviamente los cristianos, a diferencia de los judíos, no iban a aceptar gratuitamente (a menos que se entregaran al placer artístico con liberalismo) que sus creencias sean, sino cuestionadas, al menos confrontadas con la alternativa de otro escenario más terrenal: el de la ontología de un hombre contrariado que revolucione el globo a través de sabias prédicas, pero sin modificar el orden social politeísta (que recién adoptó al cristianismo con Constantino 1) ni alterar a los judíos, que no debían ni deben por la convertirse por la fuerza porque tienen otras creencias (resulta muy antisemita culparlos a todos por la condena a Cristo).

La crítica a la pureza asexual, reprimida y  culposa, además del rechazo al odio fomentado contra los placeres de la carne por obra del catolicismo dominante y coercitivo, se hace notar de manera explícita, sumada al anhelo nacido de lo que el psicoanálisis llama la pulsión de vida, frente al sacrificio de la pulsión de muerte (o la entrega pasiva a los romanos). Aunque no es un film ateo por su conclusión (no desprecia sus milagros ni su divinidad mística como el judaísmo y los musulmanes), vindica al personaje de Judas como luchador revolucionario, que a mi modo de ver, por un entredicho del propio guionista Schrader, este entredicho se traduce en boca del mismo zelote (judío vehemente y rígido por dogma) que invierte la traición: acusa de lo que se le endilgó  a él como abandono de la causa.

El Cristo convencido de su divinidad y necesidad de salvar al mundo, se constrasta con esa misma convicción redentora pero dudosa de lo que es pecado y lo que no, con la carne femenina que lo tienta y más aún, con la satisfacción del mundanismo económicamente estable, esta es la última tentación.

No me gustó el final porque transforma una propuesta novedosa e interesante en un simple onirismo de Jesús, empujado por la agonía de la cruz, que termina confortando a los cristianos y su dogma e ilógicamente, contenta a un Judas que aceptó traicionar a su maestro para que el sacrificio “salve a Israel de los romanos”, cuando se supone que la intención de este no era aceptar a regañadientes el llamado a la inmolación de Dios a su Hijo, sino por el contrario, que decida luchar con las armas y un ejército para hacer caer a ese imperio terrorífico. Pero ese no es el Judas de Scorsese, tampoco el evangélico, que abandonó sus propios ideales a cambio de dinero (es decir, mutado en corrupto), sino uno que reprocha a su maestro entregarse al derrotero calmo quebrando su promesa, acusándolo de traidor y haciéndole creer que el ángel que lo liberó de la cruz era en verdad el demonio del fuego que alucinó Jesús en el desierto (cuando delira por la inanición).

Pero como es vox pópuli, toda película magnánima crea discusiones, fruto de las reflexiones que surgen con lo que se aparta de lo socialmente aceptado y convencional, La última tentación de Cristo es una de ellas, dueña de un nivel subversivo incomparable y de las más ruidosas de la historia del cine.

El águila negra

Comedia romántica y dramática muda y en blanco-negro americana de 1925, una adaptación de la novela Dubrovsky del escritor romántico ruso Alexander Pushkin, publicada en 1841.

Distribuida por United Artists y financiada por Art Finance Corporation. Dirigida por Clarence Brown, producida por John Considine Jr y Joseph Schenck, escrita por Hans Kraly y George Marion Jr, musicalizada por Michael Hoffman, Carl Davis y Lee Erwin, fotografiada por George Barnes y Dev Jennings, montada por Hal Kern.

El vestuario es de Adrian y los actores son Rodolfo Valentino, Vilma Banky, Louise Dresser, entre muchos otros.

No es una película que vi en la computadora ni en la tele. Fui a una función del MALBA con un amigo, en el marco de una programación de películas mudas que proyecta este bello museo, dirigido por el magnífico empresario y economista Eduardo Constantini. Se trata de un ciclo de pelis hollywoodenses y europeas de las primeras épocas, con el agregado genial de la música en vivo.

Más allá de la escasez de público, ya que no se trata de una pieza a la que asista la mayoría de la sociedad (como sí lo hacen para una comercial, por ejemplo Poor things), es una experiencia peculiar que creo que debe aprovecharse al máximo: oír instrumentos de cuerda y piano mientras aparecen las imágenes con los carteles de la era silente es un acto de pura magia.

En esta ocasión, la primera gran estrella (antecesora del Star System construido por las productoras) fue el “latin lover” (llamado asi por los empresarios) Rodolfo Valentino. En este film encarna a un teniente ruso Vladimir Dubrovsky, que es sexualmente acosado por la zarina Catalina 2. La gestualidad de la actriz Louise Dresser, quien hace de esta “déspota ilustrada” del siglo 18, mezcla con nitidez expresiva la astucia perversa y el poder seductor propio de los monarcas que se salían con la suya caprichosamente, ante la falta de leyes que limiten su obsceno poder absolutista. Lo peor de todo es que este tipo de gobernantes (sean hombres o mujeres), se cultivaban culturalmente leyendo a los revolucionarios filósofos y economistas liberales, pero sus teorías se las pasaban por ahí atrás a la hora de aplicar en la práctica medidas totalmente tiránicas y expansionistas ( los casos de Napoleón, Federico 2 El Grande, José 2 de Austria, Carlos 3 de España, entre muchos otros).

Volviendo a la película (de 1hora y media): la trama gira alrededor de este protagonista que no acepta como un sirviente cobarde acostarse con la zarina para acceder al poder. Escapa y es perseguido por las fuerzas imperiales, con el haz bajo la manga de poseer una doble identidad, su personalidad secreta está directamente inspirada en el famoso Zorro (cuyo primer cuerpo fue el de otra estrella, Douglas Fairbanks, amigo de Chaplin) y su nombre es Águila Negra. Resulta que Dubrovsky se enamora de una acaudalada hija de un lacayo de la zarina (de nombre Kyrilla) que hará lo imposible para capturarlo.

Los movimientos de cámara y algunos efectos producidos por el montaje le otorgan a esta pieza rescatada del olvido una calidad por encima de la media. Las actuaciones y los vestuarios resultan irreprochables, los plot twists son portadores de un bello ingenio cómico. Las risas, aunque tímidas (no carcajadas) también suman mientras se acompañó el pasar de las escenas con dos flacos brillantes que, con talentos musicales, aumentaron el goce de una función atípica (como todas las que exhiben films mudos salvados de una muerte artística).

El final es muy malo: forzado e inverosímil, el asesinato estatal que alimenta un heroísmo post mortem, común en las figuras de aquellos que se rebelaron contra el orden dictatorial, se reemplazó en el guion por un héroe que escapa con su amada (cuya relación con su padre es ambigua) ante el beneplácito de la misma zarina, que se niega a último momento a fusilarlo (después que ordenó la confiscación de sus bienes como hacían los reyes anti democráticos). Más allá del feo cierre, técnica y narrativamente es rescatable.

Valentino murió 1 año luego de este film, repentina y tempranamente, provocando el lamento de todo un país (la potencia emergente EEUU), que lo lloró multitudinariamente, mientras las productoras acrecentaban su presencia, en esos tiempos a expensas de la libertad creativa de los cineastas, cuando el autorismo no era del director.

Napoleón

Ridley Scott es amado y odiado. Creo que negar su talento, como leí en un importante sitio de críticas y por los dedos de un prestigioso crítico argentino (de larga trayectoria, que aunque sea muy reputado me desagrada mucho), es propio de un desprecio gravemente torpe que repugna.

El británico tiene una filmografía compuesta por varias Magnum opus: Gladiador, 1492: conquista del paraíso, Los duelistas y Blade Runner (no la segunda pero sí la primera). Y eso que todavía no vi todas sus pelis (probablemente haya otras más).

La vida de Napoleón fue muy rica, contradictoria, compleja y expresionista en el sentido estético de la palabra: aunque se lo pueda valorar con mucha negatividad y acidez crítica, por encima de su genialidad táctica- estratégica para las batallas, no podemos ser negacionistas respecto a sus saturadas luces y sombras: fue una personalidad muy fuerte y con cierta ambiguedad, como muchas otras grandes de la Historia.

Biopics sobre este general alabado y ridiculizado por igual hay muchas, pero hasta ahora ninguna superó (creo que eso nunca sucederá) a la de los años 20 en blanco y negro de Abel Gance: una magnánima pieza imposible de olvidar en una lista de “best movies of all times”. Lamentablemente mi querido Ridley decepcionó en esta ocasión, el sueño hondamente frustrado que tuvo Kubrick (que escribió un guion pero quedó incompleto), con el toque británico (que pudo ser muy diferente si la hubiera estrenado Stanley), no causa nunca una emoción noble para una épica histórica de esta naturaleza. Las imágenes espectaculares son una fachada para hacer gala del talento técnico del DF polaco Dariusz Wolski, pero las formas que construyen una determinada estética, como sabemos bien muchos, son pura cáscara llena de aire si el contenido coquetea con el vacío.

Este guion peca de sequedad y vaguedad verbal en los diálogos de los personajes. Phoenix, que es un actorazo, queda muy manchado por culpa de David Scarpa: su guion carece de vigor y espanta por su simplismo (la bella simpleza deformada) y su dramatismo debilitado por una excesiva concentración en la relación romántica de él y Josefina, en detrimento del argumento político y económico. Eso sí, cabe aclarar que la preciosa y fina Vanessa Kirby se impone brillosamente, no solo por sus gestos y su comportamiento pasivo logrado, sino porque alcanza una presencia que provoca que nos atraiga más que el mismo Napoleón, demasiado serio en algunas escenas, pero llamativamente cómico en otras.

El humor se manifiesta como una luz de calidad insigne, se trata de una apuesta que en pocas ocasiones previas relució. Aunque digan que las comparaciones son odiosas, es inevitable contrastarla con la miniserie de los 2000 con Max Gallo (cuya actuación es mucho más jugosa que la de Phoenix), muy superior espiritualmente a esta reconstrucción fallidamente cansina, que destaca únicamente por los efectos especiales de las batallas superlativas, tanto en el desierto egipcio como en la nieve rusa. En este campo la magia de Ridley se encarniza en su totalidad, habida cuenta de su currículum bélico sobresaliente. Se le suman el color de la fotografía (muy anaranjado en Egipto y blanco- azulado saturado en Rusia), más la banda sonora coral.

La incapacidad para conmover es el peor defecto que puede sufrir una película y que terminamos padeciendo nosotros espectadores: aburrimiento y abrumamiento son dos caras de la misma moneda. En este caso surge el primero. La distribuidora Apple TV fue la responsable de que se redujera el metraje, estipulado para durar más de 4hs, se achicó a menos de 3. Esto es un duro golpe inmerecido que repercute sin medias tintas en un montaje que se siente mucho más gordo de lo que es.

Ojalá se estrene un corte mucho más extenso, que elimine el mal sabor bucal que produjo, como la frustración que hacen sentir las bolsas de papas fritas que contienen más aire que papas, más expectativas desilusionadas que paladares saciados y corazones contentos.

Para mi disgusto debo admitir que muchos críticos tuvieron razón en sus elucubraciones. En definitiva, las depreciaciones de las películas son autoprovocadas y no por lo que escribieron “los que saben” (entre comillas, porque tienen mucho conocimiento pero pocas luces a la hora de juzgar).

No queda más remedio que aceptar que hay malos tragos que deben soportarse, como un clima muy caluroso que hace pensar en Egipto o su opuesto, que nos recuerda a la Rusia gobernada por un emperador que ayudó a destruir a otro y cuyo Estado actual pretende del modo más horroroso, reproducir nuevamente esa infame mezcla de comunismo y zarismo.

Desdibujarse puede costar caro, pero alguien como Scott si lo anhela, puede volver a conectar con su yo incuestionable.

MAFALDO: CONFESIÓN PERSONAL Y REFLEXIÓN SOBRE LA EDUCACIÓN.

Ya se, no es una crítica de cine. Quizás suene a catarsis barata para algunos o testimonio valioso para otros. En tiempos en los que las ansiedades juveniles aumentan por las incertidumbres existenciales, las angustias lo hacen por la falta de un horizonte y la soledad se divide en un ángel y un demonio, además de que se incrementa el número de casos de acoso psicológico en los colegios, amerita una citación de un pasado que pudieron haber tenido muchos.

La escuela primaria… ese lugar donde se puede aprender variadamente, donde uno descubre lo que lo alimenta (en mi caso lengua) y lo que lo expulsa (a mí la matemática): donde brota el interés individual y se despierta en la conciencia el maravillosamente rico y gigantesco mundo de la curiosidad (por cualquier ámbito), a la par que se presentan dificultades donde nuestro ser se forma, en cuerpo y mente, problemas con el mismo aprendizaje y en nuestras relaciones con el entorno. Así emergen los rasgos de nuestra futura personalidad, con baches inmediatos.

Escuela primaria: sitio de caos y broncas, de tonterías e ingenios, de acosos y tristezas, de soledades que se eternizan como una tortura, junto a un sentimiento de exclusión respecto al grupo de compañeros. El “niño adulto”, también conocido por su sinónimo “Mafaldo” (que de famoso el término no tiene nada, sino que fue un invento de una docente mía de 5to grado), se trata del inmaduro-maduro: estereotipo real del peyorativamente tildado de “tragalibros” de edad prematura o mejor dicho, del traga manuales Santillana, (ya que para los tiempos a los que voy a referirme, los libros eran de difícil acceso porque ya había inflación al alza). Alguien portador de las estrecheces y ternuras propias de la formación de la identidad, pero también cuerpo de un deseo de saber con el cual orgullosamente me identifico: sobre la Historia y el Arte, preguntándome incluso el por qué de la suba de los precios.

Es un tipo de persona (o figura social compartida, como el acosador, el turro, el cheto) con diversas inclinaciones (al nivel de sujeto distinguido, aunque pierde esa distinción si se rodea de los de su misma condición). Grandes obstáculos surgieron en ese pasado a la hora de vincularme con los demás. No porque culpe a mis hobbies de mi dura preadolescencia, tampoco por las incompatibilidades de intereses con los otros, sino por una pura voluntad de exclusión, que lastimosamente me provocaron desencuentros y segregación. Yo queria ser parte de lo gregario, sin embargo esa participación solo la conseguí con un puñado de amigos.

No todo fue lastimoso, viéndolo en retrospectiva: Mafaldo (así me llamó la docente) es la manifestación masculina (fuera de la historieta) de aquella niña graciosa, capaz de hacer y hacerse preguntas sobre el existir, aunque eso no sea lo normal. No es tampoco imposible que le suceda a varios con cierta obsesión. Algún maleducado dirá: “ese pibe tiene que estar jugando al fútbol y no leyendo sobre la guerra de federales y unitarios”. Pero este posible comentario acusador tiene algo de razón parcial: los chicos tienen que poder hacer lo que quieren (por ejemplo leer para aprender, si ese es su deseo, además de que es un deber escolar), pero si la integración grupal no sucede, no es este un hecho que los padres y docentes tengan que dejar pasar.

Yo sí quería jugar al fútbol en el recreo, pero no lo hacía, la respuesta de los demás era: “no podes porque somos muchos” o algunas otras que no recuerdo, otras veces eran decisiones mías de ser mero espectador, pero en general, prevalecía el sentimiento desagradable de la exclusión, incluso reforzada en educación física, cuando era el último en ser elegido, sintiéndome humillado.

Aquel que es capaz de leer en el recreo mientras los otros se divierten pateando al arco con una pelota de papel o una botella, puede gozar con las lecturas, pero sufrir mucho con la marginación, al punto tal que se reemplaza el acto de conversar por el de hablar con uno mismo (así me pasó). Esta evocación de mi identificación con la nena ficticia no es una exhibición de pedantería tonta, sino una marca genuina del gusto por aquello que otros no sintieron (y tenían derecho a no sentir, porque las subjetividades no son siempre iguales). Esa marca de curiosidad (que hoy veo más jugosa cuanto más se desarrolla, ya que no caduca sino con la muerte), fue también un mecanismo de defensa para entretenerse, del que el niño se sirve para combatir en solitario a ese sentimiento tan desagradable de estar por fuera del rebaño, de creerse el rarito antisocial por el estigma de unos idiotas (en mi caso ya es pasado, pero en el de miles de pibes puede ser un presente), quien merece el apartamiento de la mayoría por tener una mentalidad que apunta a otro blanco, que quiere llamar la atención para ser apreciado pero solo la consigue temporalmente, para luego ser nuevamente dejado a su suerte y creerse inútil, forzado a buscar alternativas para que su vida no se convierta en un infierno, como quien se crea un amigo imaginario.

No está de más decir que la soledad involuntaria es un gran agujero que se siente dolorosamente, aún en la adultez, sobre todo para quienes la socialización es un pilar clave (otros prefieren la ausencia de compañía). Esto nos estimula a reflexionar sobre los demás y sobre nosotros, posiblemente para siempre (vinimos y nos vamos sin nadie más), sin distinción de creencias o características. La baja autoestima de ese tiempo, producida por acosos permanentes, me hizo pensar que yo debía ser otro, que no debía estimar con buena altura mis rasgos y que solo importaba el bienestar ajeno, total yo no era “quien tenía que ser”. Después de todo, a mi también me gustaba jugar a los gogos, a las cartas Adrenalyn, a los Beyblade, ser incluido en ese partidito de pelota armada con papel para meter goles o trabar a los atacantes para evitar goles ajenos (y así tener el visto bueno de quienes me rodeaban). Ni hablar de jugar a la Play 3. Sin embargo, esos gustos se llenaron muy a medias: la exclusión se hizo latente en todas esas posibilidades, nacieron frustraciones y aislamiento, sobre todo con la Play, porque la tenía pero no podía jugar online, ya que mis juegos eran truchos y mis viejos decían que los originales estaban caros, así mi consola se chipeó.

El problema fue no haberme concientizado de que era mejor estar a largos metros distante de aquellos pibes que creían ser estrellas o que buscaban el liderazgo permanente, los mismos que hacían comentarios hirientes y que solo les importaba ser mejores que el resto, influyendo en este resto para que los valoren, como los fieles seguidores a un político demagogo y corrupto. Si uno puede aplicarse una autocrítica, ésta es pertinente por anhelar ese pulgar arriba, esa aprobación maldita (hermana mayor del tan actual y jodido like de las redes) de la que también padecían los “fuertes”: inseguridades, complejos y desencantos, solo que maquillados por una miserable actitud agresiva de vanidad, como la que poseen los cazadores de animales salvajes, cuya diversión no es otra que matar por puro goce sádico. Sin dudas, esto es producto de una mala educación de valores en las casas, pero este defecto, que no elude a las instituciones, para desgracia de algunos, va a reproducirse sin fin mientras los nuevos padres no tengan un enfoque opuesto a dos rostros de una moneda perversa que se complementan: la del padre/madre autoritario-maltratador/a del siglo pasado y el permisivo al que nada le importa, el libertinaje, lo ocurre hoy y desde hace al menos 20 años, 30 si cuento generación previa a la mía.

El apoyo de quienes nos caían bien, de los que por evolución temporal se transformaron en grandes amigos, nunca va a perder su vital relevancia. Sobre todo si se trata de los inmortales, de los que van a recordarse post mortem (a no ser que uno muera primero). No solo como un modo necesario de evasión y superación de males pretéritos, sino además de males presentes y futuros que siempre amenazan a la individualidad, cuyas soluciones dependen de nosotros y de nadie más, pero que en nuestra condición de seres sociales requieren del soporte del otro, que se funde con uno en la medida en que empatizamos con los demás o al revés, y hay compasión de los infortunios, con arenga para salir adelante.

Nadie quiere ser Robinson Crusoe (ni siquiera el personaje lo quiso), pero sí fue voluntad de Daniel Defoe que el protagonista quede a la deriva en una isla, así como posiblemente al destino (si existe en su concepto religioso) se le cantó que las circunstancias sean caprichosamente adversas para uno, para que forjar las fortalezas desde la debilidad y no desde el bienestar, como no puede ser de otra manera, así como la creatividad brota por el aburrimiento o la carencia.

En tiempos en los que la educación argentina padece por pésimas notas de los chicos en la primaria y la secundaria sería genial que desde las casas los padres estimulen a sus hijos a que les gusten algunas disciplinas. Esto no significa imponer con tiranía o caer en el nocivo adoctrinamiento paternalista, sino fomentar con amor las lecturas y ver si así es posible que a un nene o nena le atraigan los cuentos o los números. Si esto no ocurre, tampoco es una calamidad, pero la desidia con las obligaciones perjudica al rendimiento (incluso para los que estudiamos en la facultad, sin discusión) y la falta de deseo, empobrece la curiosidad por lo que nos rodea.

Finalmente, esto puede sonar a palabras cliché típicas, pero son verdades nada menores: todos tenemos que ser nosotros mismos, querer ser como otros no está mal, de hecho la actuación implica un “quiero ser como” (para los que nos encanta actuar) pero dejar de ser uno para ser como otros quieren que seamos es lo peor que puede ocurrirnos. Sé vos, reza Ricardo Iorio en la canción homónima de Almafuerte, con acento en la E, mientras que el título de otra canción, del DJ Maxi Trusso, (argentino como Iorio pero nada que ver musicalmente) se llama Nadie está solo-Nobody is lonely.

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